Apoyó una mano en la pared. Era de una factura perfecta y, ahora que la luz dejaba pequeños destellos que iluminaban sus pasos, blanca. Blanca y luminosa. Todo parecía un único bloque, sin que se pudiese identificar los pequeños surcos que debería haber. Allí donde el constructor une dos ladrillos. Quiso vomitar, pero no pudo. Sabía que tenia que dar un paso adelante pero sus piernas no querían. Una mano agarró su brazo acorazado. Levantó su cabeza y la observó. Era una mujer preciosa. No tendría todavía treinta años y derrochaba vida y calor. Tenia una larga melena rubia que caía en cascada sobre su espalda amarrada parcialmente por una pequeña pinza en la coronilla. Vestía un largo vestido blanco, del cual pendían partes casi translucidas y que parecía que aquella mujer estaba flotando a cada gesto que hacia. Se dirigió a él, pero no entendía que decía. Deseaba comprender pero para él no era mas que un amasijo de sonidos sin sentido alguno. A la vez que hablaba lo miraba con ojos tiernos y no soltaba su brazo en ningún momento. Fuera por aquellas palabras incomprensibles o el cariño desprendido por aquella mujer, las piernas empezaron a atender a sus demandas irgiéndose en toda su altura. Fuerzas renovadas que le impulsaron hacia donde el destino había decidido que debería dirigirse.
Soltó su mano de forma suave y ella, de puntillas, depositó un dulce beso en la mejilla. Sin mirar atrás introdujo su cabeza a través del agujero de la cofia y apretó el paso hasta la luz. Sentía su corazón latir con fuerza y aunque el miedo afloraba en segundos, era combatido, de alguna forma, por aquello que hiciera la mujer.
Casi sin darse cuenta se encontró cruzando el umbral y la luz le golpeó el rostro dejándolo sin visión durante varios segundos. En ese momento, y tras pestañear repetidamente todo se hizo claro. Luz y sonidos se dividieron y empezaron a cobrar sentido. Se encontraba en una parte elevada de lo que parecía una gran fortaleza íntegramente blanca rodeada por un gran desierto. En lo que se suponía, la plaza central, había una lucha encarnizada entre los que, entendía, pertenecían a su bando, vistiendo unas armaduras plateadas. En frente tenían una gran variedad de enemigos. En algunos casos vestían como salvajes, con simples pieles y hachas en las manos, había también hombres y mujeres que vestían largas túnicas con sus cabezas cubiertas por tela y que portaban armas del todo exóticas, curvas y, según parecía, muy ligeras. Podía verse hombres que vestían cuero tachonado que llevaban escudos toscos y armas rudas y sin brillo. Todas aquellas personas entraban por las enormes puertas que daban entrada a la gran plaza.
El número enemigo era muy superior al que se defendía, pero en vez de parecer desequilibrante, el contingente blanco los mantenía ordenadamente haciendo incluso retroceder a aquel conjunto dispar de rivales. El goteo de gente que cruzaba el arco de entrada comenzó a cesar y sus compañeros de armas iban acabando con todos aquellos a los que se enfrentaban, dejando la que había sido una plaza blanca impoluta en un campo de miembros cercionados y cuerpos sin vida sobre un suelo teñido de rojo.
Ya parecía que el combate había acabado cuando por las puertas entró un caballo negro como el azabache. Un macho grande y poderoso que llevaba en su lomo a un caballero. Portaba una gran armadura negra. Mas que reflejar la luz, parecía absorverla, lo que lo hacía aún mas temible en su figura. Tras él, filas ordenadas de guerreros, todos vestidos con iguales armaduras negras, cruzaban. Iban totalmente cubiertos. Brazos, piernas y yelmos con una misma forma. Fueron ocupando sus posiciones mientras que los armaduras que, en su momento, fueron blancas, y que ahora parecían rojas, iban acabando con los últimos sectores. Al poco se hizo el silencio.
La estampa tenia una belleza macabra. La enorme plaza, que podría llegar a tener en su interior unas dos mil personas estaba fraccionada en una blanca y una negra, dividida por una ancha línea roja, allí donde la sangre se podía divisar.
Nuevos hombres aparecían por la puerta que él había dejado y bajaban por la escalera que se encontraba inmediatamente a su izquierda. Una orden rompió el silencio y ambos bandos se dirigieron en combate, unos contra otros. Empezaba a bajar la escalera cuando se produjo el primer choque de fuerzas. Empezaron los gritos de dolor, rabia, guerra. Cayeron los primeros heridos en ambos bandos y la fuerza negra aprovechaba el desgaste de los aliados para intentar abrir brecha. Entonces un pequeño hueco se formo en el corazón del ejercito negro y empezaron a salir como misiles, siempre negros, en dirección al cielo. Pero no eran misiles. Abrió los ojos de par en par cuando unas figuras aladas, negras como la noche, se mantuvieron en el aire y observaban desde una posición privilegiada la situación de la batalla. En ese mismo momento escuchó varios zumbidos y como alguna de las criaturas, después de haber esgrimido un grito de dolor, desaparecían en una pequeña explosión de polvo. Miró a su espalda y en las almenas, donde no había nadie hacia segundos, aparecieron decenas de figuras plateadas que vestían simples túnicas y ejecutaban a los seres con arcos.
Las figuras negras seguían sumando y ya, prevenidas, conseguían esquivar, muchas de ellas, las flechas lanzadas desde las alturas. Bajaban en picado y agarraban hombres plateados como un águila agarra a su presa, lanzándola desde las alturas contra el suelo. Otras se dirigían allí donde mas daño estaban recibiendo y alguna vez conseguían derribar a alguno de los arqueros, ya fuera ellos mismos o lanzando pedazos de piedra blanca, desprendida debido a ataques anteriores con armas de asedio.
Se empezó a abrir brecha en favor del ejercito negro y bajó rápidamente las escaleras. Se intentó internar en medio de la batalla. Delante de sus ojos una criatura agarraba a uno de sus compañeros, aquél que le había dicho algo en el mismo pasillo que ahora le parecía tan lejano, y se dió de bruces con el enemigo. Un guerrero negro corría hacia él con su arma presta para partirle en dos, de arriba a abajo, y de forma natural levantó la mano en posición de defensa. Una espada apareció en su mano en ese mismo momento. Momento en el cual, de no haberla, habría acabado siendo uno mas de los cuerpos que poblaba el suelo de la plaza. Casi de forma instintiva lanzo un golpe horizontal que encontró un hueco entre el peto y el yelmo. La victima cayó mientras llevaba su negro guantele allí donde había cortado la espada, sangrando profusamente. No tuvo tiempo de pensar que había hecho cuando en seguida otro enemigo le intentó ensartar con su arma. Esquivo de forma hábil y lo derribo con un golpe diagonal que secciono el brazo izquierdo del agresor. De frente un enemigo mas se acercaba a su caza pero consiguió atravesar la armadura del rival con su punta, sacándola empapada de sangre. Sangre que corría a través del orificio que había creado mientras que el guerrero se derrumbaba.
Se estaba dando la vuelta para enfrentarse al siguiente cuando algo le golpeó en el pecho y lo hizo derribar. Cayó de espaldas y perdió el aire de sus pulmones. A la vez que daba la primera bocanada de aire miró lo qué lo había derribado. Uno de esos seres lo tenia atrapado sobre el suelo. Sus ojos se cruzaron y solo vieron oscuridad y tormento. De la boca goteaba sangre que caía sobre su cara y que, seguramente, pertenecía a alguno de sus compañeros de batalla. En ese momento oyó su nombre gritar, giró la cabeza y allí, en lo alto, estaba aquella mujer. Tenia las manos en la boca y su mirada no era aquella que le había alentado a unirse al resto, sino de miedo, terror... Volvió a mirar a su atacante sabiendo que su batalla acababa ahí y esperando el golpe final. Seguía escuchando su nombre mientras que oía el golpe de una de las torres al caer. El ser lanzo un grito de furia con las mandíbulas abiertas en dirección a su cara y ese momento despertó.
- Lázaro! - Alguien aporreaba a la puerta. - Lázaro! Dormilón! - La puerta se abrió de golpe y la luz inundó la habitación dejandolo ciego un instante. - Vamos! Hoy hay fiesta!-
Era Robert, el segundo de sus compañeros de piso. Un australiano que llevaba viviendo en la ciudad mas tiempo del que quería reconocer. Alto y delgado de rostro alegre le gustaba vivir la vida al día y no perdía el tiempo ante la oportunidad de aprovechar cada minuto.
- Me han dicho hoy un sitio que va a ser la bomba! Así que preparate que salimos en media hora! - Dicho esto, cerró la puerta y devolvió a Lázaro a la oscuridad. Se encontraba totalmente sudoroso con la cama totalmente deshecha, como si hubiera estado peleando realmente él contra las sábanas.
No tenia ganas de salir pero después de tener ese sueño una vez mas decidió que necesitaba tomarse una copa. Encendió la luz y se puso en pie de un salto. Era momento de pasar un buen rato.
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